El arte en tiempos del sida

Precisamente en el Macba se acaba de inaugurar el Anarxiu SIDA, un trabajo de investigación del equipo Re sobre la dimensión cultural y social del sida en España y Chile durante los noventa, que se podrá ver hasta abril en el Centre d’Estudis i Documentació

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uando Tony Kushner escribió Ángeles en América –una de las obras de teatro clave de finales del siglo XX, un díptico que se llevó el Pulitzer en los Estados Unidos de George Bush padre–, ya contaba que el montaje y su tratamiento descarnado del sida y la homosexualidad encenderían a los sectores más conservadores. De hecho, eso es lo que pasó en Cataluña cuando la primera parte del díptico inauguró el desmesurado TNC en 1996, durante la época dorada del pujolismo: los aspavientos de la plana mayor del Govern fueron sonados, con numerosos popes escandalizados ante tanta depravación.

Lo que seguro no se esperaba Kushner es que, veinte años más tarde, en el segundo montaje de la obra en Cataluña, sería la raza y su representación lo que provocaría un cataclismo todavía mayor a raíz de la polémica representación de un personaje negro por un actor blanco que explicamos hace unos días en el artículo sobre el blackface en Cataluña.

Sea como sea, el subtítulo de Ángeles en América es «fantasía gay sobre temas americanos», y las aproximaciones al sida que se representan son múltiples y complejas. En el escenario de la Sala Fabià Puigserver –el fundador del Lliure murió de sida en 1991– causaba impacto la reacción de rechazo que tiene uno de los personajes, el joven Louis Ironson, cuando descubre que su pareja tiene la enfermedad. Aquel negacionismo y la incapacidad de acompañarlo durante toda la caída –entonces no existían los tratamientos antirretrovirales– resultaban devastadores.

Pero Ángeles en América es solo una de las muchas creaciones que pusieron el sida en el centro de la producción cultural en los años noventa, sobre todo cuando la enfermedad empezó a afectar a las élites –blancas– del país. Entre ellas está la película Philadelphia (1993), que aparte de hacer vender un montón de discos a Bruce Springsteen situó la enfermedad en el mapa para buena parte de una audiencia planetaria y desestigmatizó la pandemia –hasta entonces, el “cáncer de los gais”– con un actor con gancho y un insólito reparto interracial.

 

En las artes visuales hubo aproximaciones al sida de tendencias opuestas: algunos creadores se acercaron desde la provocación, como la serie Lethal Weapons de Barton Lidice Benes, que exhibía pistolas de agua y botellitas de perfume llenas de sangre infectada, o las performances de Ron Athey, repletas de salpicaduras de sangre. En el otro extremo de estos acercamientos tan directos encontramos miradas más poéticas y metafóricas, como las instalaciones que el cubano Félix González-Torres (muerto de sida en 1996) dedicó a su pareja Ross, víctima de la enfermedad unos años antes. Los Retratos de Ross hechos a base de pilas de caramelos enseñan el declive del cuerpo y el ver cómo alguien “iba desapareciendo ante tus ojos” a medida que los caramelos van desapareciendo porque el público se los lleva. Evitando las referencias directas al sida, González-Torres conseguía desarmar la crítica homófoba y transformaba sus piezas en clamores universales sobre el amor y la pérdida, como en la instalación con bombillas Last light de la colección del Macba, donde hay en depósito dos obras más del artista.

Precisamente en el Macba se acaba de inaugurar el Anarxiu SIDAun trabajo de investigación del equipo Re sobre la dimensión cultural y social del sida en España y Chile durante los noventa, que se podrá ver hasta abril en el Centre d’Estudis i Documentació, junto al retratadísimo mural Todos juntos podemos parar el SIDA de Keith Haring, recuperado por el museo hace cuatro años y pintado originariamente en la plaza Salvador Seguí en 1989, cuando aquel rincón del Raval era un cementerio de jeringas.

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Albert Forns

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