— Elisabet Casanovas, ¿qué estarías haciendo a esta hora si no hubieras quedado conmigo?
— Seguramente estaría haciendo alguna clase de danza clásica, de esas que me gusta hacer cuando tengo tiempo. Pero como hobby total, eh.
— ¿Hace mucho tiempo que bailas?
— Sí, desde los 15 años. Me libera mucho, porque me hace estar concentrada durante hora y media. La putada es no poder ser constante.
— ¿Y tú no lo eres?
— No. Tengo épocas que quizá voy cuatro o cinco días a la semana, y otras que sólo puedo ir una vez cada dos semanas, y esto es muy frustrante.
— ¿Aún te paran por la calle para decirte si eres la de Merlí?
— Pues mucho menos, pero no te creas… Y es bastante flipante, porque ya han pasado diez años.
— Dime una cosa buena de la popularidad.
— Pues mira, que te permite llevar a gente al teatro.
— ¿Y algo que no te guste?
— Teniendo en cuenta que mi grado de popularidad es el que es y que hay gente que la sufre mucho más que yo, quizás te diría que puede despistarte muchísimo.
— ¿En el sentido de mantener los pies en el suelo?
— En el sentido de que puede desenfocar muchísimo el objetivo del propio trabajo y puede llevarte a una zona en la que no contactes con tu propia esencia.
— ¿Qué te dice la gente cuando te para por la calle?
— Antes siempre era todo muy relacionado con Merlí, y ahora es más: “Espera, ¿qué has hecho?”. Y a mí esto me da mucha vergüenza porque pienso: ¿Ahora tengo que soltarles todo mi currículum? Sobre todo porque a otra persona que hace cualquier otro trabajo no se lo piden así, ¿no?
— ¿Qué te gusta hacer cuando no tienes nada que hacer?
— Me gusta revisar la lista de cosas que tengo por hacer pero que no hago nunca por falta de tiempo.
— ¿Qué tipo de cosas?
— Por ejemplo, aprender a tocar bien un instrumento, aprender muy bien a hablar un idioma. Todo lo que tiene que ver con el aprendizaje me motiva mucho. Y me encanta quedar con mis amigas e invitarlas a casa.
— ¿Qué hay pendiente en esa lista que hayas empezado?
— Pues mira, ahora estamos haciendo un grupo de música con una amiga, que es un hobby total.
— ¿Las Grupis? Os vimos actuando en la gala de los Premis Gaudí.
— Sí. Vamos muy a fuego lento, que es como queremos que vaya. Estamos descubriendo qué es lo que nos gusta hacer y cómo nos gusta hacerlo, pero tenemos un bolsillo lleno de ideas y sería muy guay poder llevarlas a cabo.
“Puedo enfadarme muy rápido conmigo misma, pero estoy aprendiendo a relativizarlo todo”
— ¿Es una afición que te gustaría que fuera a más?
— A mí la música me fascina. Mi madre era cantante de ópera, mezzosoprano. O sea que la música la he tenido siempre muy cerca, pero este proyecto que tenemos con Laia (Manzanares) creo que tiene sentido que sea sólo un hobby.
— ¿Qué música escuchas?
— Uff… ¡es que me gusta mucho todo! Puedo ser muy ecléctica. Esta semana, por ejemplo, he escuchado mucho Daft Punk, Valeria Castro, el nuevo disco de Amaia, Cala Vento y El Buen Hijo.
— Dices que tu madre era mezzosoprano. ¿Te gusta la ópera?
— Sí. Y le tengo mucho respeto a todas las disciplinas clásicas. Mi madre murió hace unos años y recuerdo que vivía por la música clásica. Que su instrumento fuera la voz fue un condicionante, porque estudiaba todos los días, calentaba todos los días, tenía una constancia muy fuerte en su trabajo vocal.
— Muy exigente con su oficio.
— Mucho. Rara vez mi madre bebía alcohol o tomaba un helado. Pero eso, que puede parecer anecdótico, hacía que viviera su profesión como un constante trabajo de investigación.
— ¿Has heredado algo de ella en ese sentido?
— ¡Ojalá! Porque me interesa mucho la gente que tiene un universo propio y que no da por hecho a dónde puede llegar o qué puede saber. Estamos en un mundo en el que todo va muy rápido, y creo que es bueno permitirse un espacio de calma y escucha. Hacer algo que valga la pena tiene que ver con haber escuchado mucho antes.
— ¿Y tú te lo aplicas?
— Lo intento (ríe), pero tengo un carácter impaciente muchas veces, y esta es una cualidad que no me gusta de mí.
— ¿Impaciente en todo, o en cuestiones de trabajo?
— Uau… pues te diría que con los trabajos, porque al mismo tiempo soy mucho de ir a fuego lento, por ejemplo, en las relaciones. O a la hora de tomar decisiones, puedo darle muchas vueltas a todo. No sé por qué te he dicho que soy impaciente (ríe). Quizás te diría que me doy poca tregua cuando las cosas no salen como yo quiero.
— ¿Te castigas mucho?
— Un poco. A veces es muy gratuito. Puedo enfadarme muy rápido conmigo misma, pero estoy aprendiendo a relativizarlo todo.
— De tu entorno cercano, ¿hay alguien a quien te guste enseñar el trabajo que haces porque su opinión es muy importante para ti?
— Mis amigos. Su opinión me importa mucho más de lo que les hago saber.
— ¿Qué te hubiera gustado ser si no hubieras escogido el camino de la interpretación?
— Siempre he querido ser actriz. Desde los diez años.
“La música es el canal más directo hacia los mundos relacionados con la emoción”
— ¿Y nunca has pensado que te hubiera gustado hacer otra cosa? No sé, yo siempre digo que a mí me hubiera gustado ser Madonna.
— ¡Es que ser Madonna tiene que ser muy divertido! ¿Te gustaría ser Madonna por un día? Sólo por un día, eh.
— ¿Y para siempre tampoco estaría mal no? (Reímos).
— Pensando en esto que me preguntas, quizás te diría que la psicología puede llegar a interesarme muchísimo. Me interesa mucho el mundo interno de las personas y todo lo relacionado con los oficios. Matemáticas seguro que no. ¡Ni tampoco contable!
— ¿En casa siempre han visto bien que fueras actriz?
— Mi madre lo entendió enseguida, pero a mi padre le costó algo más. Supongo que porque también había visto a mi madre teniendo sus momentos de incertidumbre, porque son trabajos muy poco estables. Pero vamos, me siento muy afortunada, porque mis padres me han ayudado mucho en ese sentido.
— Me has dicho antes que tu madre murió.
— Sí, cuando yo tenía 19 años. Ella nunca ha podido vivir mi carrera de actriz.
— No habrá sido fácil gestionarlo emocionalmente.
— Es una gestión constante. No es un trabajo acabado. Sí que es cierto que ahora que ya han pasado diez años desde su muerte, no sólo existe la parte del acompañamiento en el terreno profesional, sino que tampoco se están generando recuerdos nuevos. Y no se generarán. ¿Sabes a lo que me refiero?
— Totalmente.
— Por mi parte hay como un esfuerzo de imaginármela muchas veces. Siempre que estreno teatro le dedico una función a mi madre, y recuerdo cuando me hablaba de cosas que hoy puedo entender desde la adulta que soy. Cosas que me hubiera gustado mucho poder compartir con ella. Es una ausencia que a veces se ha hecho muy presente, pero también he tenido mucha suerte de tenerla como madre, por haberme abierto muchas puertas a cosas que hoy recuerdo.
— ¿Quieres compartir alguna?
— Pues el mundo de la música, por ejemplo. A mí me ha costado mucho… (se emociona). ¡Ostras, no tenía previsto emocionarme hoy! A mí me ha costado mucho volver a escuchar música clásica, porque para mí es un canal directo a un idioma que reconozco muy fácilmente y mi piel también, ¿sabes? Y yo que toco el violonchelo, me ha costado unos años poder volver a tocarlo, porque mi madre también lo tocaba, y porque lo tocábamos juntas. La música es el canal más directo hacia los mundos relacionados con la emoción.
— Todo te recuerda a ella.
— He tenido sueños muy potentes en ese sentido. La he soñado mucho, sobre todo haciendo teatro. En mis sueños me dice que ha venido a la función y me la comenta. Y yo le digo: “Pero por qué no me avisaste, y habríamos ido a cenar”.
— Terrible despertarse.
— Ya…
— Un golpe muy duro a una edad muy joven, ¿te hizo cogerte la vida de otra forma?
— Cuando ocurrió todo, porque fue muy imprevisto y fulminante, sí que me dije: “Estás viviendo un umbral del dolor tan grande que después de esto no podrá pasar nada más fuerte”. Pero la vida sigue, y yo he llorado mucho por amor y desamor, y lo que duele sigue doliendo, aunque no duela tanto como la muerte de una madre.
— A los 19 años también te fuiste de casa.
— Vine a Barcelona a estudiar al Institut del Teatre.
— ¿Cómo recuerdas ese primer día allí?
— Recuerdo mucho el proceso de las pruebas y de encontrar a mucha gente que tenía el mismo bicho que yo, ¿sabes? Me da rabia no haberlo podido terminar.
— ¿Todavía te llaman para hacer audiciones, o ya te ofrecen el papel directamente?
— Ambas cosas. Nunca nada está hecho, todo es más vulnerable de lo que parece. Desde fuera puede parecer que las cosas van increíbles, y todo es mucho más frágil.
— ¿Qué es lo peor de un casting?
— Los castings me los tomo como un espacio de trabajo porque, si no, te puedes poner mucha presión de más, y no es necesario. Hay que entender que quien está al otro lado también está nervioso y queriendo que esto funcione. Creo que la imagen de un casting con una figura súper tirana detrás es algo que se está trabajando mucho para que deje de ser así. Me lo tomo como si me invitaran a realizar un ensayo. Y si les encajas, pues bien y, si no, habrás trabajado hasta donde has podido.
— ¿Conservas a amigos de la infancia?
— Sí, y los veo mucho menos de lo que me gustaría.
— ¿Eras buena estudiante?
— De aprobado. Sacaba seises (ríe).
— ¿Cómo eres cuando te enfadas?
— Me cuesta mucho enfadarme, pero cuando lo hago es porque me he decepcionado de verdad. Por lo general soy bastante dialogante y me gusta mucho entender los argumentos del otro, por dónde ha ido su cerebro para llegar a que pasara aquello.
— ¿Cuándo supiste que tenías sinestesia?
— En un listen and write.
— …
— ¿Sabes esos ejercicios de inglés de la ESO? Pues en uno de esos ejercicios de inglés hablaban de la sinestesia y yo dije: “Pero si esto no es sinestesia, si esto le ocurre a todo el mundo”. Y toda la clase se giró y me miró a mí.
“Para mí las vocales tienen un color”
— ¿Qué nota una persona con sinestesia?
— Es como una imagen del imaginario, como si yo te digo mesa y tú ves una mesa redonda o cuadrada, pero ves una mesa y yo también la veo, pero además le pongo un color al concepto. No sé cómo explicarlo… Para mí las vocales tienen un color. Tu nombre, por ejemplo, es absolutamente rojo, porque tiene muchas vocales i, y la sílaba tónica está en la i. Sobre todo, lo que determina el color de una palabra es su sílaba tónica.
— ¿Y tu nombre de qué color es?
— Mi nombre es salmón.
— ¡Esto tuyo es un don!
— ¿Tú crees? Yo creo que no es ni bueno ni malo. Me ocurre con los colores y los números, y con la música también. Pero todavía no le he encontrado ninguna utilidad. Hay mucha teoría, pero todo esto vive en mi cerebro.
— Yo lo encuentro fascinante. Si la i es roja, el resto de las vocales, ¿de qué color son?
— La a es blanca, pero como en tu nombre está en una posición átona, se convierte en gris. La e abierta es salmón, la e cerrada es lila, y la e neutra es gris perla. La o, si está abierta es ocre, y si es cerrada es marrón, pero si está en posición átona es como una u, y entonces es negra total. Por eso el castellano tiene menos colores. Y en francés hay una mezcla de lilas brutales.
— Y cuando quedas con la gente y dices sus nombres, ¿ves el color?
— Cien por cien.
— ¿Y puede ocurrir que, si hay una persona que tiene un nombre de un color que no te gusta, haya mal rollo?
— ¡Por supuesto! No tanto que me genere mal rollo, pero pienso: “¡Qué pena que te llames así!” (ríe).
— ¿Has conocido a alguien más que le ocurra esto?
— Sí, a mi amigo Quim Àvila, que es actor, también le ocurre. Coincidimos con la i, una vocal que hace sonreír.
— ¿Puede pasar que tú la veas roja y él de otro color?
— ¡Por supuesto! Ha habido muchos piques por los colores del estilo: “Esto es verde oscuro”, y para mí el verde oscuro no entra en ninguna vocal.
— ¿Eres supersticiosa?
— Un poco. No tanto con la sal, pasar por debajo de una escalera o los gatos negros, pero sí que me gusta seguir ciertos rituales. Si rompo hábitos antes de una función pienso que no irá bien. ¡Los actores somos unos pesados!
— ¿Lees el horóscopo?
— No, no me interesa especialmente. ¿Tú sí?
— Si me lo encuentro, lo leo.
— Me genera mucho interés la astronomía, y la gente que sabe de astrología, también, pero me gusta más hablar de la responsabilidad afectiva que del zodíaco. A veces nos podemos quedar demasiado en nosotros mismos, y a veces es más interesante lo que estás haciendo en el presente para el futuro, que el futuro y basta. ¿Me explico?
— ¿A ti te gustaría saber qué te pasará en el futuro?
— Yo no quiero saberlo. ¿Te imaginas poder pulsar un botón y saber qué te ocurrirá en los próximos cinco años? A mí me cogería ansiedad sólo con saberlo.
— Yo llevo fatal la incertidumbre.
— Pues no podrías ser actriz.
— El periodismo tampoco es el paradigma de la seguridad, eh…
— En ese sentido, tienes razón. Por eso yo siempre intento hacer un ejercicio de presente. Me preocupa el futuro por el hecho de ser actriz.
— ¿En el sentido de ser mujer?
— Espero que cambie y que la gente que escribe historias las piense para que no sólo les pasen a las mujeres jóvenes y guapas. Que bien que Emma Vilarasau y Clara Segura estén recogiendo tantos premios. ¡Las adoro! Para mí el paso del tiempo tiene algo buenísimo, que es el saber más y más, y creo que es cuando las actrices deberían tener más trabajo. Las actrices y cualquier sector.
“Si hoy se ve más el cuerpo de la mujer que el del hombre en una escena, que sea porque forma parte del relato y porque suma, no porque se dé por sentado que la mujer debe estar sexualizada”
— ¿Piensas mucho en ello?
— Me inquieta, y tengo muchas ganas de que esto cambie. Y tengo muchas ganas de hacerme mayor, ¿sabes? En el buen sentido, lo digo. Es decir, me haré mayor, y quiero serlo con todo lo que esto comporte. Es muy bueno que hablemos de ello y que la gente tenga ganas de cambiar las cosas, esa visión masculina del cine con la que nos hemos educado. Yo soy muy positiva en este sentido, y creo que el simple hecho de ser conscientes de ello ya hace replantearnos las cosas. Yo hace tres semanas tenía que rodar en una bañera, y me pusieron coordinación de intimidad.
— ¿Y qué tal fue?
— Pues flipé. Porque al principio pensaba: “Pero si es sólo una bañera”, pero entonces ves que te explican cómo será el plano, si te parece bien, qué se verá y qué no. Durante años nos hemos comido muchas cosas gratuitas en las escenas que no sumaban a la historia. Si hoy se ve más el cuerpo de la mujer que el del hombre en una escena, que sea porque forma parte del relato y porque suma, no porque se dé por sentado que la mujer debe estar sexualizada.
— Si ahora pudieras volver atrás e ir a la Elisabet del primer día que entró en el Institut del Teatre, ¿le darías algún consejo?
— Creo que no. Porque todo lo que me ha pasado me ha servido para aprender muchísimo, y no le evitaría que lo viviera. Me he encontrado con muy buenos ambientes y maestros por el camino.
— ¿Te gusta la política?
— Me interesa la política. Si la pregunta es si me metería en política, la respuesta es claramente no. Para mí hay muchas formas de hacer política que no tienen que ver con entrar en política.
— ¿Qué estás haciendo ahora? ¿En qué proyecto estás metida?
— Estoy empezando a ensayar una película.
— ¿Me puedes contar algo?
— Creo que no.
— ¿Te gusta el personaje que haces?
— Sí, es un reto en todos los sentidos. Lo siento, porque parece que me esté haciendo la interesante, pero es que no puedo decir nada…
— ¿Cómo te ves de aquí a diez años?
— ¿Cómo me veo o cómo me gustaría verme?
— Ambas.
— Me gustaría verme súper tranquila, tomando decisiones con calma y con la capacidad de relativizarlo todo.
— ¿Con quién te tomarías un Bitter KAS?
— Contigo.
— Muchas gracias. ¿Y con alguien más?
— Con una amiga que ha sido madre recientemente.